¿Qué son los ataques de ira?

Los ataques de ira son reacciones intensas, desproporcionadas y no reflexionadas que repercuten negativamente en nuestra salud psicológica y en nuestras relaciones personales.

Esta sensación de pérdida de control hace que no seamos conscientes de nuestro comportamiento, por lo que podemos llegar a reaccionar de manera desproporcionada ante una situación que nos produce enfado.

Cuando pagamos nuestro enfado con quien no tiene la culpa y luego nos arrepentimos profundamente de nuestro comportamiento, estamos sufriendo probablemente un ataque de ira.

Si este tipo de reacciones te resultan familiares, estarás deseando tomar el control para reaccionar de una manera más adecuada. En este artículo te cuento cómo conseguirlo.

Ataques de ira

Tener un arrebato o perder los papeles en alguna situación en concreto o de manera ocasional es en cierta medida normal. Es más, a veces es necesario dejar claro cuál es nuestra posición sobre algo que nos afecta o que es importante para nosotros. Pero si te pasa a menudo seguramente esté afectando a tu relación de pareja, a tu trabajo, a tus relaciones de amistad o a tu familia.

Algunas veces reaccionamos de manera desproporcionada ante un evento o situación. Nos comportamos de tal manera que podemos avergonzarnos a posteriori de lo ocurrido.

El problema no es enfadarse -puesto que es una emoción negativa pero sana- sino emplear nuestros recursos para defendernos o conseguir aquello que queremos de manera inadecuada, causando daño o agravio a nosotros mismos o a terceras personas.

¿Entonces el problema no está en enfadarse?

En cierta medida, así es. Nadie quiere enfadarse, igual que nadie quiere estar triste o celoso, pero estas emociones son sanas puesto que nos ayudan a comprender lo que nos ocurre y lo que ocurre a nuestro alrededor.

Una vez comprendemos lo que sucede, podemos ponernos en acción de manera constructiva. De ahí la importancia de conocer el origen de nuestro enfado. Si estamos enfadados y no sabemos por qué, probablemente lo paguemos con el que esté más cerca de nosotros, causando más problemas de los que teníamos al inicio de estar enfadado, en lugar de solventar un problema.

¿Y si la sensación de enfado es constante?

Si crees que generalmente estás enfadado, o que te irritas a la mínima ocasión, es un reflejo de que hay algo que te afecta y no le estás poniendo solución. Mejor dicho, cómo lo estás intentando solucionar no está surgiendo efecto. De esta manera surgen sentimientos de bloqueo emocional: intentas aguantar hasta que estallas, no sabes lo que te ocurre, etc.

Claves para reducir los ataques de ira

A grandes rasgos, tratar de evitar los ataques de ira es un trabajo introspectivo y de control emocional. A continuación, te describo tres pautas para controlar y reducir los ataques de ira:

1. Mejora tu introspección aprendiendo a expresar cómo te sientes

Pese a lo que mucha gente pueda pensar, lo último que debes hacer es evitar enfadarte o tragarte tu enfado. De esta manera lo único que vas a conseguir es acumular esas sensaciones y que acabe explotando en el momento menos oportuno.

La introspección es el conocimiento sobre uno mismo. Saber cómo te sientes y qué estás pensando en determinados momentos es fundamental para actuar de manera racional.

En mi consulta psicológica, suelo pedir a mis pacientes que registren este tipo de situaciones. Aparte de brindar mucha información sobre posibles creencias irracionales del paciente, es muy útil porque le pones palabras a tus emociones, y puedes ser más consciente de tu estado emocional.

No es lo mismo pensar “todo me sale mal”, que “algunas cosas me salen bien, y otras mal”. O “necesito gustarle a todo el mundo”, que “desearía gustarle a todo el mundo, pero no necesito gustarle a todo el mundo para conseguir mis objetivos y ser feliz”.

2. Concédete un tiempo muerto

La impulsividad casi nunca, por no decir nunca, va a resultarte útil. Esta se caracteriza por reaccionar de manera inesperada, rápida e intensa. Es decir, sin reflexionar ni tener en cuenta las consecuencias de tus actos.

No intentes reflexionar ni razonar cuando estás totalmente enfadado o rabioso, puesto que es imposible.

No podemos pedirle a nuestro cerebro que razone en un estado de activación emocional elevado. Por lo tanto, cuando sientas que estás poniéndote rojo de enfado, o te está subiendo la temperatura y notas que si no haces nada vas a estallar, en lugar de despotricar y chillar, concédete 5 o 10 minutos para dar un paseo, tomar el aire o cualquier cosa que no sea alimentar ese estado emocional.

3. Cambia tu pasividad o agresividad por asertividad

El estilo comunicativo que emplees en tus relaciones con los demás determinará en buena medida que seas comprendido o que tengan en cuenta tu punto de vista.

No esperes que la gente adivine tu pensamiento. En lugar de eso, atrévete a decir lo que opinas cuando no estás de acuerdo en algo y a pedir lo que necesitas. Si lo haces de manera clara y sin faltar al respeto, podrás llegar a cambiar aquello que te desagrada o molesta.

Cuando queremos decir algo a alguien, no debemos dar por hecho que va a entender lo que queremos decirle. En lugar de eso, tenemos que esforzarnos por utilizar las palabras y el tono de voz adecuado, para que nuestro comentario no sea recibido como un ataque o una amenaza.

No es lo mismo decir “tienes que comprenderme porque si no quiere decir que eres tonto de remate”, que “para mí es importante que me comprendas y que tengas en cuenta mi punto de vista”. Quizá las dos sentencias quieren decir lo mismo, pero la primera se percibirá seguramente como una amenaza o exigencia, y la segunda como un deseo o punto de vista.

 

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Eduardo Bertomeu,

Psicólogo